Esta es la historia de un hombre solitario que finalmente decidió, luego de varios años de meditar el asunto, ir a comer a su restaurant favorito en la ciudad. Lo hizo solo, pues nadie solía acompañarlo nunca. No se si será por su caracter dominante o su forma de vestir... Ni siquiera en primavera solía sonrreir.
- Mesa para uno - pidió al recepcionista;
- Pase por aquí - le respondió.
Sentóse en una mesa muy bonita. Tenía largos manteles de diferentes tamaños y colores que convinaban de par en par; una silla forrada con las más finas sedas y una bajilla digna de un rey. Para su sorpresa, al ser la mesa de uno, estaba ubicada en lugar muy estratégico. Tenía, pues a su vista, todo el restaurant. Quedó impresionado, además, al ver que en el lugar que generalmente correspondería al dos de la "mesa para dos" había una planta. Una especie de palmera pequeña ocupaba ese lugar, largas hojas pero finas en la cima del tronco del pequeño árbol. Luego de haber observado detenidamente a la planta, elegió algo de la carta.
Mientras el mozo le traía diferentes aperitivos para comenzar a deleitar, éste señor comenzó a observar detenidamente el lugar. A un costado, una pareja cenaba riendo entre bocado y bocado. Al otro, una pareja de ansianos comiendo tranquilamente. Enfrente suyo, una familia compuesta por un ñiño y una ñiña, y sus padres. Sólo, no tuvo mejor idea que comenzar, nuevamente, a observar la planta.
- Parece tener unos cuantos años... - Dedució tratando de contar a vista los anillos de una rama rota.
- Te podrías llamar... Joselí! - exclamó a la planta en voz alta y luego, al ver que los demás clientes lo miraban extrañado, fingió haber estornudado para evitar el momento incómodo.
Pues así comienza la historia, del señor solitario y Joselí la planta.
Todos los miercoles el solitario señor pedía su mesa especial sentado frente a Joselí.
- Joselí , como has estado ? Te riegan bien aquí? - preguntaba a la planta.
Joselí , inmovil como toda planta, posaba sobre su linda maseta. El señor, mirandola fijamente sonrreía y le contaba sus cosas en todo momento. Sería raro que la planta le respondiera, pero he oído que las plantas saben escuchar. Es así como pasaron los meses, y éste señor y Joselí se convirtieron en grandes confidentes. Rara vez, algún mozo novato lo miraba impresionado; pero a continuación los demás le explicaban que el señor venía cada miercoles a comer y a ver a la planta.
Tantos fueron los días que este señor comío junto a Joselí que finalmente un día ella respondió. Algunos, pensarán que esto es de locos, pero pasó. Joselí aconsejó al señor sobre varias cosas. Actitudes que debía cambiar, cosas que debía hacer.
Tal vez la soledad era algo que él había elegido, pero también algo que decidió cambiar. No se si será cosa de un mundo mágico o cosa de la realidad. Pero estar sólo es una decidión que algunos suelen tomar, y algunos, como este señor... Deciden cambiar. No nos hace falta un Joselí para aprender que es necesario contar con los demás, como ellos cuentan con nosotros. No es necesario un Joselí para lograr valorar a los que tenemos... Es necesario creer, amar, tener esperanza y saber que aunque estemos solos... Siempre hay alguien, aunque sea desde el más allá.
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Creo que aunque la vida nos haga colgados, o torpes, nunca debemos desaprovechar la oportunidad de tener amigos y una familia que nos haga companía en los momentos más difíciles. El trabajo y las diferentes obligaciones nos alejan cada vez más de las pequeñas cosas que pueden hacernos felices.
La felicidad no está en conseguir cada vez más dinero y bienes... Sino en aquellas pequeñas reuniones y amores (ya sean familia, amigos y demás) que nos acompañan en el día a día a pesar de que no lo notemos.
1 comentario:
aa chamii
qe lindo
y profundo
tnes lo tuyo
muy lindo ,
colores qe vivan
un besoooooooaa
chaaa
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