Persona tras persona generan en mí la pregunta inicial:
¿Hermana, hermano, primo, tío, abuelo… Madre? No lo sé, y quizás sea algo que
nunca sepa, pero de igual forma todos se trasladan a ese lugar con casi las
mismas intenciones. Ambientado de esa cosa que a veces creo que sólo es pintoresca
para mí, y creo que sólo para mi es tan encantador; se celebra el momento en
que todos deciden ir ahí, en esa parte del día en que justo el sol alumbra de
forma ideal, y realizan con esfuerzo (a veces siendo víctimas del abuso de los
vivos) las pequeñas construcciones que adornan el lugar. Entierran ilusiones,
entierran sueños, entierran palabras, imágenes, hasta incluso muchos –lamentablemente-
anhelos de justicia. El viento, mueve los adornos coloridos y yo sólo pienso en
ese día en que decidimos armar aquel ramo. Siempre el mismo día…
Pues sólo soy alguien
que va a observar, y a tomar quizás las más simples y pequeñas decisiones.
Quizás con eso sea suficiente…
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Un persona, finalmente, se va. Sin embargo, aquí en la
terrenidad quedan aún relaciones, reencuentros, amor que se reparte a más no
poder entre personas que siempre quisiste que lo hagan. Eso, definitivamente,
es el cometido que nos mantiene vivos más allá de tu quietud, de tu ímpetu por
querer decir, todo lo que tenías para decir, aún con el tiempo corriendo tras
de ti. La magia pura que creó la esencia entre nosotros es algo en lo cual
tuviste, y aún tienes, mucho pero mucho que ver; y eso definitivamente, forma parte de las
cosas que perduran en el tiempo, y te hacen recordar a aquellos queridos que ya
no están (como he dicho alguna vez por ahí).

